El texto de Marx critica a la derecha e izquierda hegelianas por no ocuparse del mundo real existente. Esta crítica de Marx también se dirige, por las mismas razones, contra los filósofos teístas de los cuales uno de los más representativos es Tomás de Aquino.

Para Tomás de Aquino Dios es el “Ipsum Esse” del que toda la realidad participa. Los seres contingentes o criaturas existen por participación del ser de Dios, por ello Dios es la perfección trascendente para todos los demás seres. Como consecuencia la felicidad del hombre, la realización plena de sus posibilidades, trasciende la capacidad natural humana. Es un don sobrenatural de Dios que nuestra alma inmortal alcanzará en la otra vida y que consistirá en el amor y en la contemplación de Dios.

Dios, realidad trascendente, ha creado el mundo y el hombre, y los ha dotado de leyes naturales que marcan la actividad y la conducta a seguir. La providencia divina controla y dirige la historia y todos los acontecimientos de la vida humana. El hombre debe aceptar y colaborar con la voluntad divina y, cuando se presentan los problemas, debe pedir ayuda a la divinidad. Nuestra estancia en este mundo es temporal. Durante la misma debemos seguir las leyes fijadas por la voluntad divina. Nuestra plena felicidad se podrá alcanzar como don de Dios en la otra vida.

Toda la filosofía de Tomás de Aquino no es sino una profundización de estas tesis religiosas, realizada aplicando gran parte de los conceptos y tesis de Aristóteles.

La filosofía de Tomás de Aquino es para Marx una filosofía ajena a la dialéctica y totalmente opuesta a su materialismo. Es una filosofía contemplativa que no se ocupa de transformar la realidad. Es una inversión de la realidad que responde a los intereses de la clase social dominante. Por todo ello, para Marx la filosofía de Tomás de Aquino, con sus distinciones entre Dios y las criaturas, el cielo y la tierra, el alma y el cuerpo, etc., es una filosofía errónea que proporciona a los hombres una doble vida y les ofrece los goces imaginarios del cielo como un tranquilizante contra las miserias reales de la tierra. Es el “opio del pueblo”, un soporífero que impide a los oprimidos hacer el esfuerzo necesario para mejorar su suerte y combatir a sus explotadores.

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