LA FILOSOFÍA DE HEGEL

Marx, estudiante universitario, encuentra en la Universidad de Bonn una atmósfera romántico literaria. El paso a la Universidad de Berlín en 1836 le supone enfrentarse con un ambiente que respira hegelianismo por todos sus poros. Marx se dedica intensamente a la filosofía. Estudiará a Hegel “del principio al fin”. La atracción de Hegel y el deseo de comprender el mundo cambia el rumbo de los intereses de Marx. Contra los deseos de su padre, a quien le gustaría que su hijo fuese abogado, Karl se decide por la filosofía.

Para la filosofía idealista de Hegel la realidad es de naturaleza racional. La razón constituye la esencia de la realidad, por lo que la realidad es, en último término, reducible a idea o pensamiento. Las diferentes formas de lo real no son sino manifestaciones del espíritu o del sujeto. Marx, siguiendo una orientación ya mostrada en la realización de su tesis doctoral y sin duda influido por Feuerbach, rechazará el idealismo de Hegel como visión errónea de la realidad. No son el espíritu, la razón o la idea, es decir, la conciencia y sus productos, quienes condicionan y explican la naturaleza y la realidad material. La inversión del idealismo hegeliano supone su trasformación en un materialismo. Es la producción de bienes materiales, el trabajo ejercido sobre la naturaleza material, lo que constituye la base real, el fundamento y la explicación de la totalidad de lo real. Esta crítica al idealismo de Hegel tiene un sentido filosófico más profundo. La filosofía de Hegel es la expresión más madura y modélica de toda la filosofía precedente que busca la “interpretación” de la realidad. Pero esta filosofía contiene ya los gérmenes de una transformación fruto de sus propias contradicciones. Con Marx la filosofía critica y supera a toda la tradición precedente que se ha limitado a “contemplar” el mundo. Con el marxismo nace la filosofía capaz de “transformarlo”.

La realidad racional, según la filosofía hegeliana, está regida por la dialéctica, es decir, la realidad es activa, es un continuo cambio o devenir, teniendo como motor de este proceso la contradicción. Marx acepta la dialéctica como ley que rige toda la realidad. Utiliza la dialéctica para apoyar una teoría del progreso histórico en la que la base de todo cambio es su necesidad o “inevitabilidad”. El gran atractivo que la dialéctica ejerce sobre Marx es que, basándose en esta ley que implica un continuo desarrollo social, la filosofía se convierte, como en Hegel, en una filosofía de la historia.

Tanto Marx como Hegel creían que la acción política afectiva dependía de comprender la dirección general en que marcha la historia. Pero mientras que Hegel había supuesto que la historia europea culminaba con el surgimiento de los Estados nacionales, sobre todo el alemán, para Marx la historia culminaba con el surgimiento del proletariado y con su avance hasta ocupar la posición dominante en la sociedad moderna. En la filosofía de la historia de Hegel, la fuerza impulsora era el desarrollo del espíritu, mientras que para Marx era el sistema económico, el desarrollo de los modos de producción. Para Hegel el mecanismo del progreso histórico era la guerra entre estados nacionales, para Marx era el antagonismo entre las clases sociales.

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