En los albores de la Civilización Occidental, los saberes que conformaban la vida humana en las poblaciones griegas, circulaban oralmente  en los mitos cantados por los grandes poetas, como Homero en la «Iliada» y la «Odisea», o Hesiodo en  la «Teogonía». En ellos se condensaba el estado colectivo de creencias religiosas, políticas, morales, técnicas, estéticas, geográficas, meteorológicas, etc., de las que vivían los griegos.

En su «Vidas y opiniones de filósofos ilustres», Diogenes Laercio (c. siglo III d. C.) escribe que “el primero en utilizar el término, y llamarse a sí mismo filósofo o amante del saber, fue Pitágoras, pues nadie es sabio, sino sólo Dios” (libro I, §. 12). La figura mítica del Sabio deja su lugar entonces a la más humana del Filósofo que ama y persigue el saber. Y la auténtica sabiduría es la Filosofía o búsqueda del conocimiento de la naturaleza y del alma humana, a través del cual se puede comprender y gobernar la vida humana.

La Filosofía busca un saber desinteresado que lejos de consistir en conocimientos prácticos, supone la disponibilidad de las técnicas básicas que resuelven las necesidades materiales perentorias. Este saber no productivo es fin en sí mismo, perfecciona el alma hasta elevarla a la sabiduría, y tiene su origen en la admiración y el asombro ante los cambios secretos puestos de manifiesto por los fenómenos naturales. (Aristóteles, Metafísica, 982 b 11-28)

Los primeros filósofos que nacen en ciudades como Mileto (Tales: c.: 624- 546 a. C.), Samos (Pitágoras,  c.: 570-495 a.C.),  Elea (Parménides: c. 540-470 a.C), Éfeso (Heráclito, c.: 535-484 a. C), Agrigento (Empédocles, c.: 490-430 a.C.), revisan las visiones míticas tradicionales, estableciendo una idea racional de la realidad a la que denominan Naturaleza (fisis), y haciendo depender su conocimiento de las capacidades cognitivas del alma humana.

Estos teóricos de la naturaleza, como los llamó Aristóteles, desarrollaron distintas teorías de los principios (arjé) rectores de ese orden natural y del método adecuado para su conocimiento. Parménides expuso con éxito que el “logos”,  regido por la identidad, es el método del conocimiento verdadero, y defiendió que  la naturaleza es ser, e. d. una esfera de materia simple, inmóvil y eterna. Heráclito afirmó en cambio que la naturaleza es un continuo devenir, presidido por un “logos” cuyo principio es la contradicción, la oposición de contrarios.

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