En el inicio de la Época Moderna, tanto el poder del emperador como la estructura social y política del feudalismo se encuentran en profunda crisis. En España, Francia e Inglaterra aparece la figura del monarca que unifica en torno a sí todo el poder político. El poder del monarca se magnifica por imperativos prácticos y por filosofías políticas que justifican teóricamente el poder absoluto.

Encontramos un precedente renacentista en la teoría política de Nicolás Maquiavelo. Éste, separando ética y política, se basa en la observación del pasado histórico y de la realidad presente. No pretende teorizar sobre cómo debería de funcionar el Estado, sino tan sólo describir cual es su funcionamiento en la práctica. Los fines de la política real son la conquista y la conservación del poder. Para lograr estos objetivos se hace todo lo que sea necesario, pues el fin justifica los medios y la razón de Estado legitima cualquier crimen.

Frente a la división política y a las invasiones de potencias extranjeras que sufre Italia, Maquiavelo envidia las poderosas monarquías absolutas europeas. Algunos años después de Maquiavelo, Juan Bodin defiende teóricamente el absolutismo al que considera como una consecuencia de la soberanía del Estado. Bodin fundamenta sus tesis políticas en el orden racional y no en la religión. La soberanía, indivisible y absoluta, es el fundamento de la existencia y de la unidad del Estado. Supone el poder de hacer la ley sin el consentimiento de los súbditos. Es preferible la más fuerte tiranía antes que la anarquía.

Contemporáneo de Locke, Tomás Hobbes defiende la monarquía absoluta como remedio contra la guerra de todos contra todos, ya que la naturaleza del hombre está dominada por las pasiones, el egoísmo y la violencia: “Homo homini lupus”.

J. B. Bossuet, obispo de Meaud, es uno de los principales defensores del origen divino del poder, aunque las raíces medievales de esta teoría son muy importantes, en el ámbito de las luchas entre el pontificado y el imperio. Dios reina sobre los pueblos a través de los reyes. Éstos son, en la tierra y en sus reinos, ministros y lugartenientes de Dios. Como tales nadie puede escapar al poder real. La monarquía tiene un poder absoluto, total, pues, al ser su origen divino, sólo rinde cuentas a Dios.

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