La filosofía de Hume es totalmente contraria a las tesis mantenidas por Tomás de Aquino en el artículo 1 que comentamos y en los siguientes.

Tomás de Aquino afirma que no poseemos un concepto adecuado de Dios y que debemos demostrar su existencia a partir de los efectos.

Hume, en primer lugar, niega cualquier valor a la idea de Dios. Una idea tiene valor cognoscitivo si procede de una impresión de la experiencia, cosa imposible en el caso de Dios. Pero además Hume niega que partiendo de los efectos podamos concluir la existencia de la causa, Dios, tal como deja entrever Tomás de Aquino al final del texto comentado. Hume somete a crítica el principio de causalidad. La causalidad no es evidente a priori, pues cualquier causa puede producir a priori cualquier efecto o ninguno, y cualquier efecto puede depender de cualquier causa o de ninguna. A posteriori sólo la experiencia nos permite asociar causa y efecto. Esta asociación, repetida numerosas veces, produce un hábito o costumbre subjetiva que nos lleva a concluir equivocadamente (sofisma de falsa causa) la relación entre causa y efecto.

No tenemos una idea válida de Dios, y solamente podemos aplicar la causalidad, reducida a una costumbre subjetiva, a los objetos de nuestra experiencia. Está claro que Dios no es un objeto de nuestra experiencia, luego nunca le podremos aplicar una relación causal.

La conclusión es que de Dios no sabemos nada, ni de su existencia ni de lo que es. La postura de Hume es el agnosticismo. La religión, según él, se origina por los sentimientos de miedo y temor que lo desconocido y la muerte producen en nosotros, unidos a una tradición cultural irracional y fanática.

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