En el siglo XI, el agustinista Anselmo de Aosta, por su nacimiento, o de Canterbury, por ser abad en Canterbury y, posteriormente, obispo de dicha sede, difunde en su obra “Prologion” un argumento sobre la existencia de Dios, conocido como argumento ontológico, que tuvo gran influjo y resonancia en la historia de la filosofía posterior.

Anselmo comienza, como buen agustinista, invocando a Dios y pidiéndole inteligencia para la fe, es decir, que Dios le conceda entender lo que cree. Se enfrenta al insensato, en cuyo corazón dice: “No hay Dios”. Según algunas interpretaciones, todo este texto no es una argumentación filosófica sino sólo una reflexión teológica sobre el salmo del que está tomada la cita del insensato.

Anselmo parte del concepto de Dios, definido como “aquello mayor de lo cual nada puede ser pensado”. La conclusión es que ese concepto o definición de Dios incluye su existencia. Por tanto, la existencia de Dios es evidente para nosotros que poseemos o aprendemos de los demás el concepto de Dios.

Ya su contemporáneo, el monje Gaulino, criticó esta argumentación, y posteriormente, en el siglo XIII, en la Suma Teológica de Tomás de Aquino, en el artículo que estamos comentando, se procede a una crítica rigurosa de dicho argumento ontológico.

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