HERÁCLITO Y PARMÉNIDES

(Contexto)

Influencia
de
Heráclito:
 el
 devenir

Platón tuvo como tutor a Crátilo, discípulo de Heráclito. A través de él recibió un profundo influjo en su concepción del mundo físico o material. Ve el mundo que nos rodea, sensible y material, sujeto a un continuo cambio; en él todo es inestable, todo se mueve, todo nace y muere. Por ello, es imposible fundamentar la definición socrática, el conocimiento de la esencia, en la experiencia que los sentidos nos proporcionan de este mundo. Nada es necesario, inmutable, totalmente objetivo, en el mundo de las cosas. Por esto, a su vez, no puede existir una verdad necesaria, segura, inmutable, que se obtenga a partir de este mundo. No podemos fiarnos del conocimiento sensible que sólo nos proporciona apariencias, opiniones o sombras; con él nunca llegaremos a la verdad.

Pensamos 
que
 si
 algo
 es
 verdadero,
 lo 
es
 siempre.
 No
 tendría 
sentido
 decir
que 
lo
 que
 hoy 
es 
verdad
 puede
 no
 serlo
 mañana.
 Pero 
si
 en 
el
 mundo
sensible 
no
 hay
 nada
 duradero,
 entonces
 no
 es
 posible
 encontrar
 ninguna
 verdad
 acerca
 del
 mismo.
 Platón
 tomará
 la
 doctrina
 del
 devenir
 de 
Heráclito
 para 
argumentar
 que 
el
 mundo
 sensible
 no
 puede
 ser 
el
 origen 
del
 conocimiento.
 En 
el 
mundo 
sensible 
el 
ser 
está
 confundido
 con 
el 
no
-ser,
lo
 que 
es
 justo
 hoy
 puede
 no 
serlo 
mañana.

Probablemente Heráclito no estaría de acuerdo con la interpretación que hace Platón de sus doctrinas, pues aquél añadía, como sabemos, la idea de que bajo los contrarios hay una
 armonía, 
un 
logos
 que 
unifica 
la
 realidad. En cualquier caso, 
basta 
aquí
 decir
 que 
Platón
 toma
 de 
Heráclito 
la
 idea 
de
devenir 
y 
la
 asocia 
al
 mundo
 sensible.

La 
influencia 
de 
Heráclito, 
junto
 con 
la
 de 
Sócrates,
 nos
 dan 
una 
idea 
de la dirección
 que 
tomará 
la
 filosofía 
de
 Platón.
 Por
 una 
parte,
 a
partir
 de los sentidos
 no 
podemos
 obtener
 un
 conocimiento 
verdadero,
 pues
 sólo 
nos 
dan
 acceso 
a 
una 
realidad
 inestable,
 cambiante
 y
 confusa.

 A eso se añade que
 siguiendo 
a
 Sócrates,
 sólo 
tenemos
 conocimiento
 de 
las
 cosas
 cuando
 estamos
 en
 posesión
 del
 concepto
 que
 las
 define.
 Pero
 los
 conceptos
 no
 son
 algo
 sensible,
 no 
los
 observamos
 a
 través
 de 
los
 sentidos, sino que los concebimos a través de la razón.
 Por
 lo
 tanto
 la
 filosofía
 Platónica
 se
 orientará
 hacia
 lo
 racional,
 dando,
 de
 alguna
 forma, 
la
 espalda 
a 
lo 
sensible.

Influencia
 de 
Parménides: 
los
 rasgos 
del
 ser

En su encuentro con Euclides de Megara, transmisor del pensamiento de Parménides, Platón entra en contacto con la filosofía eleática y, posteriormente, en su viaje a la Magna Grecia, se supone que conoció los restos de la escuela de Elea. Para Parménides es la razón y no los sentidos quien nos manifiesta al Ser, totalmente opuesto al No-Ser, y con las características siguientes: inmutable, único, inmóvil, eterno, perfecto, homogéneo, etc. Estas características, adquiridas por el conocimiento racional y no por la experiencia sensible, Platón las traslada al mundo de las ideas o mundo celeste (híper uranós). Las ideas son eternas, inmutables, perfectas, etc., son el verdadero ser de las cosas, son las esencias separadas que existen en un mundo propio.

El
 hecho
 de
 que
 saber
 qué
 sea
 una 
mesa dependa de que estemos en posesión

 del
 concepto
 de 
mesa,
 no 
implica
 que
 el
 concepto
 de 
mesa
 exista
 como
 algo 
independiente,
 y
 mucho
 menos,
 que
 exista
 con
 una
 realidad
 superior
 a
 la
 mesa
 que
 observo
 mediante
 los
 sentidos.
 
 Los
 conceptos
 podrían
 ser
 simples
 simplificaciones
 que
 hacemos
 de
 la
 realidad
 para 
poder comprenderla.

Pero
 Platón
 conocía
 la
 filosofía
 de
 Parménides.
 Según
 éste
 sólo
 es
 real
 lo
 que
 es
 pensable,
 por 
lo
 tanto,
 todo 
lo 
que 
entrañe 
contradicción 
no 
puede
 ser 
real.
 Resulta 
que 
el
 concepto
 de 
No‐Ser 
(nada) 
no 
es
pensable.
 Esto 
es 
así
porque
 cuando
 pienso,
 pienso 
en 
algo;
 pero 
si 
pienso
 en
 la
 nada,
 entonces, 
o
bien
 estoy 
pensando 
en 
algo,
 lo 
que 
es 
contradictorio,
 porque
 la
 nada
 no
 es
 algo,
 o
 bien
 no
 estoy
 pensando,
 lo
 que
 también
 es
 contradictorio,
 porque
 he
partido 
del
 supuesto
 de 
que
 pienso
 en 
la 
nada 
o 
el 

No‐Ser.
 Parménides 
se
basa
 en
 esto 
para
 negar
 la 
realidad
 del
 mundo
 sensible,
 que
 está 
sometido 
al
 cambio.
 La 
razón
 es 
que
 si 
el 
cambio
 supone 
el 
No‐Ser, 
entonces 
es
impensable, 
y 
si 
es 
impensable,
 no 
es 
real. 
El 
Ser,
 entonces,
 sólo 
puede
 ser
captado 
por 
el 
pensamiento,
 como
 aquello
 que
 es 
eterno,
 inmóvil,
 infinito,
etc.

Platón
 acepta 
los 
rasgos
 del 
ser
 de
 Parménides, 
pero 
no 
se 
limita
 a 
negar
 sin
más
 el
 mundo
 sensible. 
El 
mundo
 sensible, 
con
 su 
movimiento,
 mezcla 
y
confusión,
 no
 puede
 ser
 la
 auténtica 
realidad.
 Esa 
realidad
 hay
 que
 buscarla 
en 
otro 
ámbito, 
y 
ese
 ámbito
 será
 el 
de 
los
 conceptos.
 Si
 tengo
 la
definición 
de 
belleza, 
aunque
 las
 cosas
 sensibles 
cambien 
y 
dejen
 de
 ser
 bellas,
 el
 devenir
 no
 afectará
 a
 la
 propia
 esencia
 de
 la
 belleza.
 Eso
 significa
 que
 el
 concepto
 o
 Idea
 de
 Belleza
 es
 eterno,
 como
 el
 Ser
 de
 Parménides.
 De
 ahí
 extraemos
 la
 conclusión
 de 
que 
la 
Idea 
de 
Belleza 
es
 más
 real
 que 
las
cosas 
bellas
 porque 
se
 aproxima 
más
 a
 los 
rasgos
 del
 Ser 
de
 Parménides.
 En
consecuencia,
 los 
conceptos
 no 
son 
meras
 ficciones
 intelectuales,
 sino
 que
expresan 
la
 verdadera
 realidad 
de 
las 
cosas,
 y
 por 
lo
 tanto 
son
 más
 reales
que 
ellas.
 Las 
ideas
 no 
dependen 
de 
las 
cosas,
 sino
 que
 son 
las
 cosas
 las
 que
dependen
 de 
las 
ideas.

Este dualismo, mundo de las cosas y mundo de las ideas, es la solución que Platón nos propone al enfrentamiento entre las doctrinas de Parménides y de Heráclito. Esta tesis, central en Platón, aparece con claridad en el texto de la República que estamos comentando.

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