EL EMPIRISMO: TOMÁS DE AQUINO, LOCKE, HUME

(Relaciones)

En el texto Platón afirma que el alma, en el proceso de educación, debe apartarse de lo que nace, es decir, debe alejarse del mundo material que nuestra experiencia sensible nos manifiesta. Platón cimienta nuestro conocimiento en una intuición intelectual de las ideas y para llegar a ellas nos propone como medio el método dialéctico que, a través del análisis y la síntesis, quiere llegar a la definición esencial. En todo este proceso se renuncia a la experiencia pues únicamente nos manifiesta sombras y conocimientos inseguros y pasajeros, que sólo pueden originar conjeturas u opiniones.

A lo largo de la historia han sido numerosos los filósofos que, llevando la contraria a Platón, explican el origen y el fundamento del conocimiento en la experiencia.

En el siglo XIII, Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles, fundamenta nuestro conocimiento en la experiencia sensible que nos pone en contacto con los seres materiales que constituyen nuestro mundo. Esto es así porque somos seres corpóreos, almas unidas sustancialmente a la materia corpórea, y conocemos a través de los sentidos corporales que interactúan con las sustancias materiales y corpóreas que forman el mundo. Las cosas, origen de nuestro conocimiento, nos proporcionan imágenes. Sobre estas imágenes actúa el entendimiento agente abstrayendo de ellas la forma separada de la materia. Esta forma es recibida por el entendimiento paciente como un concepto que formará parte de un juicio y que, en un segundo momento, tras considerar su origen, conocemos como propio de un individuo particular. La escolástica tomista recoge esta teoría en la fórmula: “Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu”, que Descartes repite en el Discurso del método criticándola.

En el siglo XVII, Locke (1632 – 1704), con el precedente de Francis Bacon, polemiza con Descartes en su obra Ensayo sobre el entendimiento humano. En ella se pregunta por el origen, el alcance y el valor del conocimiento, utilizando una metodología que podríamos denominar “psicológica-descriptiva”.

En su origen nuestro conocimiento está formado por ideas simples provenientes de nuestra experiencia externa e interna. A través de operaciones mentales de composición, abstracción y comparación o relación obtenemos ideas complejas. Con todo ello construimos el edificio de nuestro conocimiento.

En el siglo XVIII, David Hume radicaliza el empirismo de Locke. Nuestro conocimiento se origina en las impresiones, experiencias internas o externas que originan en nosotros un conocimiento vivo, claro, preciso. La llamada “teoría de la copia” afirma que de las impresiones se derivan, en un proceso cognoscitivo degenerativo, las ideas que son impresiones debilitadas, imprecisas o confusas. El valor de una idea se demuestra haciendo ver de qué impresión se deriva. Una idea que no se origine en una impresión no nos hace conocer nada nuevo, a lo más que podría llegar es a formar una tautología. Como vemos, el conocimiento se origina en la experiencia y termina en esa misma experiencia.

Este empirismo radical de Hume es recogido en el siglo XIX por el positivismo de Augusto Comte, y posteriormente, en el siglo XX, por los neopositivistas.

Aunque con matices diferenciadores importantes, el empirismo, el método experimental y su aplicación en la ciencia actual dominan el panorama del saber contemporáneo. El desarrollo de la filosofía se ha alejado de las respuestas que Platón dio a los problemas del conocimiento.

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